Cuando pensamos en la palabra expolio, podemos acudir a diversos significados. Por una parte, se asocia el término con la desaparición de todo tipo de objetos pertenecientes a culturas antiguas (con diversas formas) dentro de sus dominios. También podemos entenderlo en un sentido religioso, respecto al motivo iconográfico que representa a Cristo, cuando es despojado de su clámide por los soldados romanos. Es cierto que, en términos generales, la opinión común entiende el expolio como un delito relacionado con la incautación ilícita del patrimonio artístico, histórico y arqueológico, sin el consentimiento del propietario ni de las autoridades. El expolio ha sido un problema recurrente y constante a lo largo del tiempo. La Historia Antigua nos ofrece una visión de cómo, a medida que las sociedades evolucionan, el valor del patrimonio cultural aumenta. Sin embargo, este crecimiento de los restos arqueológicos también implica el riesgo de su desaparición debido a una incorrecta contextualización de las piezas donde fueron encontradas. Con esta información, se pueden cometer errores durante excavaciones “poco profesionales” que, por la falta de rigor científico, conducen a la pérdida de información sobre los objetos patrimoniales. Los hurtos realizados con materiales prohibidos, como los detectores de metales, representan un tipo diferente de expolio, que puede llevar a la pérdida o destrucción del objeto en el yacimiento, o a su descomposición. Este tipo de prácticas provoca un ciclo de saqueos continuos. En este sentido, el patrimonio arqueológico expoliado representa el fenómeno más cercano a lo que hoy entendemos como expolio: la pérdida, la destrucción del objeto y el comercio clandestino de los objetos culturales sustraídos. Para completar el concepto de lo que entendemos por expolio, cabe destacar el patrimonio subacuático, que presenta dificultades debido a los elementos tecnológicos necesarios para su estudio y conservación, el desconocimiento de su ubicación exacta, y sobre todo, la vigilancia que requiere el espacio jurídico susceptible a la presencia de cazatesoros (Terreros Andreu, 2004).
The Captive (Turkish Plunder), 1885, Theodoros Ralli.
Comenzando nuestro recorrido histórico, en la Edad Media, observamos cómo desaparecieron obras de arte incluso en una época en la que el objeto artístico en sí mismo no despertaba un gran interés. La importancia y el prestigio que adquieren los gabinetes de curiosidades gestándose en Roma en el siglo XII, junto al interés del comercio veneciano por incorporar piezas orientales a sus colecciones desde el siglo XIII, , junto al interés del comercio veneciano por incorporar piezas orientales a sus colecciones desde el siglo XIII, en estos contextos, surge una demanda excepcional de objetos de arte antiguo. Aparece el término “antigüedades” en el clímax del expolio artístico, que permanecerá en todo el mundo moderno, haciéndose aún más conocido en el ambiente ilustrado cuando comienzan los proyectos museográficos de un marcado carácter nacional, donde los estados marcan territorio como los principales interesados en la obtención de piezas. Un buen representante de esta situación es Napoleón Bonaparte y sus campañas por Italia en 1796, y en 1798 en Egipto. La presencia francesa en tierras del Nilo inaugura la etapa del “robo profesional”, liderado por arqueólogos y diversos expertos en materia artística, trabajando en la obtención de piezas para incrementar las arcas de los grandes museos europeos. Esta presencia del ejército francés en Egipto dio inicio a una época propicia para el pillaje, facilitado por arqueólogos y otros expertos cuya labor consistía en sustraer piezas de un valor artístico incalculable para enriquecer las colecciones de los grandes museos europeos (Domínguez Monedero, 2001, pp. 183-196).
Napoleon in Egypt, 1867–68, Jean-Léon Gérôme, Princeton University Art Museum.
Antes de acometer el expolio acaecido en Sevilla a partir de 1810, es necesario contextualizar brevemente la situación española a comienzos de este siglo. En el panorama de este período histórico, hay dos factores principales que marcarán esta época. Por un lado, el fenómeno de la Guerra de la Independencia, que domina la primera mitad del siglo XIX; por otro, el proceso de transformación del Estado y el reajuste general de las instituciones a nivel nacional (García, 2008, p. 45-67). Tras esta introducción, entra en escena la figura clave en el expolio de la pintura española: el Mariscal Soult. Este personaje histórico resulta complejo de analizar desde el punto de vista historiográfico. En España, se le considera uno de los principales enemigos de la época debido a sus célebres pillajes artísticos. En el caso francés, en cambio, la heroicidad es la idea principal al categorizar a este personaje, pues era un político eficaz, protagonista de las glorias militares del imperio, y logró adaptarse a los regímenes venideros a lo largo del siglo XIX, llegando a ostentar cargos de importancia durante su vida.
En cuanto a su interés por la pintura española y su criterio estético al seleccionar las obras, parece que Soult tuvo que recibir algún tipo de influencia o consejo, ya que su formación en cuestiones artísticas, especialmente en la escuela española, era escasa.
La sociedad francesa se abría paso hacia nuevas miras estéticas que caracterizaban el destino de las campañas militares. Este cambio explica por qué pintores como Zurbarán o Valdés Leal, alejados del gusto neoclásico, se convirtieron en el objetivo del Mariscal en un ambiente academicista. Bien es cierto que en el siglo XVIII, la pintura española era parcialmente conocida, debido, entre otras cuestiones, a la presencia de pintores españoles en Francia. Sin embargo, este conocimiento y valoración estaban reservados a una élite de la sociedad, siendo la pintura flamenca e italiana mucho más reconocida. Por estas razones, podemos concluir que la acertada elección de las pinturas en territorio sevillano fue gracias a la ayuda de algún consejero, cuya identidad la historiografía aún no ha logrado descubrir (Cano Rivero, 2015).
The Exaltation of the Cross, c. 1680, Juan de Valdés Leal. The J. Paul Getty Museum.
Presentado el ilustre Mariscal, trataremos de desarrollar el despojo de obras de arte, especialmente pictóricas, que sufrió Sevilla en 1810 por parte de los invasores franceses. Uno de los ejemplos de expolio artístico más lastimosos que se ha producido a lo largo de la historia, privando a la ciudad de gran parte del magnífico repertorio de pinturas que había en diferentes iglesias y conventos. Tenemos que destacar que las tropas que entraron en Sevilla, comandadas por el Mariscal Soult, venían ya preparadas para desencadenar el expolio artístico dado que, un año antes, José Bonaparte había convencido al monarca sobre la creación de un Museo Real dedicado al gran Napoleón, donde aparecerían las mejores pinturas que había en España en ese momento (Valdivieso González, 2009).
La sociedad sevillana quedó, como mínimo, sorprendida al comprobar que, además del patrimonio arquitectónico, se expoliaban pinturas de autores estrechamente ligados a su identidad cultural, como Zurbarán, Herrera el Viejo, Francisco de Roelas o Pacheco. Así, edificios singulares como la Catedral y las iglesias de la Santa Caridad, Santa María la Blanca, San Francisco, Santa Isabel, San Buenaventura y Santa María de Gracia fueron obligados a entregar lo mejor de sus colecciones al ejército francés. De forma excepcional, el convento de los Capuchinos se adelantó a las intenciones del mariscal desmontando los lienzos de Murillo del retablo mayor y de las capillas laterales, y los trasladó a Cádiz, donde permanecieron ocultos en casas particulares hasta el final de la contienda. Gracias a esa actuación, hoy se conserva y expone en el Museo de Bellas Artes de Sevilla una parte importante del patrimonio capuchino, que de otro modo probablemente habría acabado en el Museo del Louvre.
Los datos del expolio arrojaron cifras especialmente dramáticas: 999 pinturas, de las cuales 150 salieron en 1812 con destino a París. Una pequeña parte permaneció en Madrid a disposición del Imperio francés, que recompensó de forma ostentosa a Soult y a otros generales con un amplio número de obras, que incluso pudieron seleccionar personalmente. Tras la muerte del mariscal, su colección sevillana se vendió en parte, mientras que otras piezas se incorporaron al Museo del Louvre (Valdivieso González, 2009, pp. 20–25).
Plate 72 from “The Disasters of War” (Los Desastres de la Guerra): “The Consequences” (Las resultas), 1814–15 (published 1863), Goya (Francisco de Goya y Lucientes). The Metropolitan Museum of Art.
El gobierno español, tras la Guerra de Independencia, pronto comenzó las gestiones para recuperar algunas pinturas, especialmente las realizadas por Murillo. Esta misión se logró solo en parte, ya que las pinturas de Santa María la Blanca en Sevilla nunca volvieron a su lugar de origen, sino que fueron trasladadas al Museo del Prado. Lo mismo ocurrió con la Inmaculada de los Venerables, expuesta en la pinacoteca madrileña. Cabe señalar que algunas pinturas fueron devueltas, pero no de manera gratuita. Un ejemplo de ello es una Inmaculada de Murillo, que se intercambió por un retrato de una infanta pintado por Velázquez, el cual el Museo del Prado tuvo que entregar al Louvre. Durante la invasión, Sevilla perdió una gran cantidad de obras maestras, al menos diez de primer nivel. Entre las más destacadas se encuentran El Cristo servido por los ángeles y El Juicio Final, de Pacheco; La Inmaculada con el retrato de Fernando de Mata, de Juan de Roelas; El Descendimiento, de Pedro de Campaña; además de varias pinturas de Herrera el Viejo y Zurbarán, quienes vieron expoliadas sus obras que decoraban la nave principal del Convento de San Buenaventura. Sin embargo, si hay un artista cuyo expolio destaca por encima del resto, ese es Murillo. Las obras más representativas de su etapa primitiva, una serie de diez lienzos que decoraban el Claustro Chico del Convento de San Francisco, salieron de Sevilla y actualmente están repartidas en diversas pinacotecas. Soult también visitó la Catedral sevillana y obligó a los canónigos a entregarle El Nacimiento de la Virgen, que hoy se encuentra en el Museo del Louvre. Posteriormente, saqueó cuatro pinturas excepcionales de Santa María la Blanca y mostró un especial interés en sustraer la Inmaculada que se encontraba en un altar de la iglesia del Hospital de los Venerables, considerada la obra más bella de Murillo sobre esta temática (Valdivieso González, 2009).
Au Musée du Louvre, les Murillo, 1912, Louis Béroud.
Soult logró reunir una de las colecciones pictóricas privadas más importantes de su tiempo, en la que la pintura española era la gran protagonista. Las primeras obras que pasaron a su poder fueron un regalo del rey José I en 1809. Pocos días después, se promulgó una ley para la creación del Museo de Pinturas, que otorgaba al monarca un papel clave en la gestión del patrimonio artístico. Una de sus primeras decisiones fue regalar al Mariscal Soult y a otros generales algunas de las pinturas que la ley mencionada había puesto bajo custodia del Estado. En la venta de 1852, se catalogaron 157 cuadros, de los cuales más de la mitad pertenecían a la escuela pictórica española (Valdivieso González, 2009).
Vista del Real Museo de Pintura de Madrid, 1833, Asselineau, Léon-Auguste.
Tras esta breve muestra del futuro de la colección del mariscal Soult, concluimos este ensayo con una selección de imágenes vinculadas a episodios de expolio en Sevilla. En ocasiones, fueron obsequios mal concebidos por parte de los monarcas, pero, en muchos otros casos, auténticos saqueos de su patrimonio cultural, que en aquel entonces servía de identidad y orgullo popular.
Descendimiento
Pedro de Campaña, 1545
Musée Fabre
Óleo sobre madera, 1,89 m; 1,79 m
Ubicación en Sevilla
Monasterio Santa María de Gracia
Pedro de Campaña, 1545
Musée Fabre
Óleo sobre madera, 1,89 m; 1,79 m
Ubicación en Sevilla
Monasterio Santa María de Gracia
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Cristo servido por los ángeles
Francisco Pacheco, 1616
Óleo sobre lienzo, 2,94 m; 4,42 m
Musée Goya de Castres
Ubicación en Sevilla
Convento de San Clemente
Francisco Pacheco, 1616
Óleo sobre lienzo, 2,94 m; 4,42 m
Musée Goya de Castres
Ubicación en Sevilla
Convento de San Clemente
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El Juicio Final
Francisco Pacheco, 1614
Óleo sobre lienzo, 3,38 m; 2,35 m
Musée Goya de Castres
Ubicación en Sevilla
Iglesia del Convento de Santa Isabel
Francisco Pacheco, 1614
Óleo sobre lienzo, 3,38 m; 2,35 m
Musée Goya de Castres
Ubicación en Sevilla
Iglesia del Convento de Santa Isabel
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La inmaculada con el retrato de Fernando de Mata
Juan de Roelas, 1612-1613
Óleo sobre lienzo, 3,19 m; 1,72 m
Gemäldegalerie
Ubicación en Sevilla
Convento de la Encarnación
Juan de Roelas, 1612-1613
Óleo sobre lienzo, 3,19 m; 1,72 m
Gemäldegalerie
Ubicación en Sevilla
Convento de la Encarnación
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San Buenaventura en el Concilio de Lyon
Francisco de Zurbarán, 1629
Óleo sobre lienzo, 2,5 m; 2,25 m
Musée du Louvre
Ubicación en Sevilla
Convento de San Buenaventura
Francisco de Zurbarán, 1629
Óleo sobre lienzo, 2,5 m; 2,25 m
Musée du Louvre
Ubicación en Sevilla
Convento de San Buenaventura
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San Basilio, obispo de cesarea, dictando su regla
Francisco de Herrera el Viejo, 1638-39
Óleo sobre lienzo, 2,43 m; 1,94 m
Musée du Louvre
Ubicación en Sevilla
Convento de San Buenaventura
Francisco de Herrera el Viejo, 1638-39
Óleo sobre lienzo, 2,43 m; 1,94 m
Musée du Louvre
Ubicación en Sevilla
Convento de San Buenaventura
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Santiago el Mayor como Peregrino
Alonso Cano, 1638-39
Óleo sobre lienzo, 0,68 m; 0,36 m
Musée du Louvre
Ubicación en Sevilla
Convento de Santa Paula
*De este convento el Mariscal Soult saqueó un lote de 14 cuadros.
Alonso Cano, 1638-39
Óleo sobre lienzo, 0,68 m; 0,36 m
Musée du Louvre
Ubicación en Sevilla
Convento de Santa Paula
*De este convento el Mariscal Soult saqueó un lote de 14 cuadros.
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San Gil en éxtasis ante Gregorio IX
Bartolomé Esteban Murillo, 1645-46
Óleo sobre lienzo, 1,66 m; 1,86 m
North Carolina Museum of Art
Ubicación en Sevilla
Convento de San Francisco
Bartolomé Esteban Murillo, 1645-46
Óleo sobre lienzo, 1,66 m; 1,86 m
North Carolina Museum of Art
Ubicación en Sevilla
Convento de San Francisco
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Nacimiento de la Virgen
Bartolomé Esteban Murillo, 1660
Óleo sobre lienzo, 1,79 m; 2,21 m
Musée du Louvre
Ubicación en Sevilla
Catedral de Sevilla
Bartolomé Esteban Murillo, 1660
Óleo sobre lienzo, 1,79 m; 2,21 m
Musée du Louvre
Ubicación en Sevilla
Catedral de Sevilla
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La Virgen de la Inmaculada Concepción
con seis figuras de hombres en oración
Bartolomé Esteban Murillo, 1662-65
Óleo sobre lienzo, 1,72 m; 2,98 m
Musée du Louvre
Ubicación en Sevilla
Iglesia de Santa María la Blanca
con seis figuras de hombres en oración
Bartolomé Esteban Murillo, 1662-65
Óleo sobre lienzo, 1,72 m; 2,98 m
Musée du Louvre
Ubicación en Sevilla
Iglesia de Santa María la Blanca
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Inmaculada Concepción de los Venerables
Bartolomé Esteban Murillo, 1660-65
Óleo sobre lienzo, 2,74 m; 1,90 m
Museo del Prado*
Ubicación en Sevilla
Hospital de los Venerables
Bartolomé Esteban Murillo, 1660-65
Óleo sobre lienzo, 2,74 m; 1,90 m
Museo del Prado*
Ubicación en Sevilla
Hospital de los Venerables
*La presencia de esta Inmaculada en el Museo del Prado se debe a las negociaciones llevadas a cabo entre los gobiernos de España y Francia en 1941, en virtud de las cuales se acordó un intercambio artístico. El Prado cedió al Louvre un retrato de Doña Mariana de Austria, obra de Velázquez, a cambio de la Inmaculada de Murillo. En aquel momento, el Gobierno español presentó el acuerdo como un gran éxito.
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El regreso del hijo pródigo
Bartolomé Esteban Murillo, 1667-70
Óleo sobre lienzo, 2,36 m; 2,61 m
National Gallery of Art, Washington DC
Ubicación en Sevilla
Hospital de la Santa Caridad
Bartolomé Esteban Murillo, 1667-70
Óleo sobre lienzo, 2,36 m; 2,61 m
National Gallery of Art, Washington DC
Ubicación en Sevilla
Hospital de la Santa Caridad